Las horas subterráneas

Las horas subterráneas by laKriticona.jpg“Entre ellos había sido una cuestión de química: los cuerpos extraños se mezclan a veces, concuerdan, se confunden. Y entre ellos había sido una cuestión de cuerpos, sin duda alguna”

Ya puedo decir que Delphine de Vigan es una de mis escritoras favoritas. Escribo esto y mi cuerpo responde solo, toda la piel de gallina, así, por su cuenta. Completamente de acuerdo con lo que escribo. Porque Delphine tiene una capacidad especial. Consigue meterse debajo de la ropa y de la piel, sus personajes no se van cuando cierras el libro, ya no se marchan nunca. Esta escritora francesa escribe desde lo más hondo de su corazón. Y así llega al tuyo. Y también a lo más profundo. Sus letras son tan abrasivas como hipnóticas. Te llenan como lectora. Te hacen mejor escritora. Y Las horas subterráneas es otro ejemplo de esto. Un libro conmovedor habitado por dos personajes rotos que consigue hacerte trizas. Y también maravillarte. 

Las horas subterráneas son dos historias paralelas. Las de Mathilde y Thibault. Ella aniquilada por un jefe tiránico, víctima de un acoso tan brutal que piensas que no puede ser real. Él, que huye de una relación tóxica que obsesiona y resta en vez de sumar. Una de esas que siempre van contra el mismo y en este caso ese mismo es él. Pues Delphine describe sus luchas y miserias con una intensidad abrumadora, la misma de Nada se opone a la noche (mi libro favorito de 2013, qué libro), una novela única que, ahora lo sé, no es casualidad. Aquel personaje, Lucile, arrasa como estos. Porque las novelas de Delphine las habitan personajes siempre al límite de sí mismos. Aquí asistes a la destrucción de una persona (Mathilde) sin que se diga en ningún momento, por ningún lado, la palabra acoso. Sólo lo lees. Lo vives. Lo describe tan bien. Desde tan adentro que, incluso cuando has cerrado el libro, aún queda su eco.

Qué triste. Qué hondo.

Pobre Mathilde. Porque de los dos ese es el personaje que te marca. Thibault es un médico que recorre la ciudad de urgencia en urgencia mientras huye de ese amor que destruye y sus reflexiones sobre las obsesiones son tan certeras, las has vivido tantas veces, que no dejas de asentir durante todo su relato (la frase que he elegido forma parte de él). Pero es que ella… Mathilde… La ves tan pequeña y a la vez tan fuerte, como si su piel fuera bambú, escondida, apartada en ese cuartucho, sin luz natural, pegado a la letrinas, sin nada que hacer, sin permisos ni ordenador, apartada, desahuciada, porque un día no estuvo de acuerdo, qué duro ha sido su descenso, qué largas sus noches… Y esa fecha, ese 20 de mayo que es hoy, ese día en el que todo va a cambiar. Eso le dijo La Bruja. Eso piensa cuando mira la carta del guerrero de no-sé-qué-videojuego que le regaló su hijo y es lo único en lo que encuentra fuerza en sus días de mierda y ambientador azul. Es un personaje que te duele mucho.

Leo Las horas subterráneas y no puedo dejar de subrayar frases. Como en En la orilla. Como en A bordo del naufragio. Tocan a cuatro por página. Me cuesta elegir una, sólo una para esta entrada. Me interrumpo cada poco. Cojo el móvil, abro el bloc de notas. Necesito volcar el torrente de sensaciones que Delphine me despierta. Esta mujer tiene algo que conecta directamente conmigo. Ese algo que he sentido muy pocas veces antes. Algo parecido al amor y que me evoca a Milán Kundera, a Dulce Chacón, a Murakami, a García Márquez, a esos libros que, de pronto, un día, te sorprenden y te cambian la mirada. Escribe: “Le gustaban la efervescencia, los destinos cruzados, la suma de posibilidades”. Y eso mismo aplica a sus novelas. Mucho gas, nudos y lazos, opciones. Todo eso que a mí me encanta.

Recomendaré a Delphine de Vigan hasta cansarme. Hasta gastarle el nombre. Y es una pena que en España aún haya tres de sus novelas que no puedan leerse. No están traducidas. Les Jolis Garçons (2005), Un soir de décembre (2005) y Sous le manteau (2008) sólo se venden en Francia, sólo están en francés. Y es una pena, insisto. Porque acabo Las horas subterráneas y abro No y yo, el último de sus cuatro libros aquí traducidos. Cojo No y yo y paso el dedo lento por su portada, ya melancólica, ya con nostalgia antes de abrirlo, como si fuera una joya. Y, mientras, mi almohada absorbe, lentamente, una última lágrima por Las horas subterráneas.

Te gustará si: si te gustan las frases cortas, Carmen Amoraga y Dulce Chacón y si has leído Nada se opone a la noche y aún sigue bajo el hechizo de Lucile.

No te gustará: Quizá la historia de Thibault flojee en comparación con la de Mathilde, mucho más fuerte, más honda.

2 pensamientos en “Las horas subterráneas

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