Chesil Beach

Chesil Beach by lakriticona“Nada se hablaba nunca; tampoco notaban la falta de conversaciones íntimas. Eran cuestiones más allá de las palabras. El intercambio de sentimientos compartidos y analizados no eran de difusión general”

Hace ya un tiempo descubrí que este libro de McEwan, Chesil Beach, me dejó este poso tremendo. Escribí esto en mi Facebook en 2009 y me olvidé. Al releerlo pensé: “¿Esto lo he escrito yo?“. Me sorprende descubrirme escribiendo así, la verdad. Podría decirte que ésta fue, entonces, la primera crítica de lakriticona mucho antes de que ésta naciera. Le faltaba la foto. Ayer al fin la hice. De Chesil Beach a Madrid Río. Eso sí, lo más curioso de todo es que apenas recuerdo nada del libro, sólo que me gustó, pero ahora mismo sería incapaz de decir de qué va o cómo se llamaban sus protagonistas. Buscando en Internet descubro que Chesil Beach, para muchos, es una de las novelas más decepcioantes de McEwan, pero a mí me gustó, me gustó mucho. Me dejó este torrente de melancolía dentro que cada vez que leo aún me sorprende haber escrito yo… Aquí os lo dejo. A ver qué os parece a vosotros…

Cierro la última página de Chesil Beach y no me puedo dormir. Las palabras de McEwan se me han ensartado adentro, como flechas impregnadas de un veneno que me recuerda a la melancolía. Se expande poco a poco por mi cuerpo la tristeza de ese final.

No puedo dormir.

Mi cabeza imagina las vidas que Edward y Florence vivieron después de Chesil Beach, el daño que hacen las palabras, las cosas, que no se dicen. Pienso en la vida que siguió para esos personajes ficticios, y en cuántas veces estuvieron a punto de cruzarse, de volver a tocarse, pero no lo hicieron, en las personas que, como en el libro, pasan por la vida de uno para luego esfumarse entre los recuerdos, vanas impresiones que, cuando pasa mucho, mucho tiempo, confundimos con los sueños.

¿Cómo certificar que vivimos algo cuyas consecuencias ya pasaron?

Él, después, llevó una vida anodina, regentó varios pub y tiendas de música, pero se dejó llevar por la rutina, no luchó para ser quien siempre soñó que sería. Y de pronto, un día, al despertar ya no podía luchar por nada, porque lo que era ya no se podía cambiar.

Desde En el café de la Juventud Perdida, de Patrick Modiano, un libro no me había afectado tanto, porque te hace pensar, te recuerda a toda esa gente que dejaste por el camino, toda esa gente a la que un día llamaste amigo, hermano, y que si hoy te la cruzas después del “Qué tal” de rigor, sólo quedará el silencio, no habrá nada más que hablar, porque lo que no se dijo se estancó y pudrió todos los recuerdos conjuntos, porque la vida te lleva y te trae como las mareas. En el libro era Chesil, pero anoche, cuando al fin me dormía, hubo un momento que pensé, cuántos Florence y Edward habrá en Madrid. En Madrid Beach. Cuántos, que se dejaron escapar por esconder sus verdades debajo de la ira, de la impaciencia, del orgullo. Y es que, después de que el orgullo, la impaciencia y la ira se pasaran, si no se supo estirar la mano, pedir perdón, sólo quedó la ausencia. Porque los recuerdos también se esfuman, suplantados por lo reciente, y muchas veces lo que pasó sólo es lo que contamos que pasó, como las olas de Chesil Beach que dejan su rastro de sal en las piedras para luego evaporarse, así, sin más.

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