Frankenstein

Frankenstein by lakriticona

“Tú eres mi creador, pero yo soy tu dueño”

Ya es la segunda vez que Rosa Montero me lo hace, que termino un libro suyo y comienzo uno del que ella me habla. Me pasó con Nada, nada más terminar La ridícula idea de no volver a verte. Me ha vuelto a suceder ahora, con Frankenstein después de leer El amor de mi vida. Había tenido la novela de Mary Shelley en las manos varias veces. Tenía ganas de leer Frankenstein, uno de esos símbolos de la infancia. Ese monstruo que no da miedo, que uno siempre vincula a la mirada triste y torturada de los primeros Frankenstein del cine o a la sonrisa tierna y socarrona del de la Familia Adams. Pero lo cogía, leía dos páginas y lo dejaba. No terminaba de meterme en la historia. Ya te la sabes. Sabes qué pasa. ¿Qué podía aportarme? Siempre había otras historias, otros libros que me llamaban más. Me aburría un poco ese estilo levemente anticuado, esa escritura descriptiva, como de médico… Hasta que leí a Rosa Montero y descubrí cómo nació Frankenstein, la mujer tan increíble, tan adelantada a su época que fue Mary Shelley, lo duro que le atizó la vida. Frankenstein, quizá, sea un símbolo, el de aquel verano de 1816, el mejor de esa vida que comenzó a desmoronarse justo después.

Porque Frankenstein nació al crepitar de una chimenea, donde cuatro jóvenes contaban cada noche relatos de miedo y fantasmas mientras el viento golpeaba las contraventanas de una casona a orillas de un lago en Ginebra y los rayos encogían el cielo y los corazones. Allí estaba Mary, con su marido, el poeta inglés Percy B. Shelley, con el que acababa de fugarse, casado él y con una niña, un escándalo en la época, y dos amigos más. Una de esas noches, alguien propuso que cada uno escribiera una historia de fantasmas para contarla allí. Sólo Mary acabó la suya. Y fue, claro, Frankenstein.

Al principio, al abrirlo, no sé por qué, me recordó al estilo analítico de Arthur Conan Doyle al comienzo de una historia de Sherlock Holmes. Las cartas de un tal Robert Walton me despistaron. ¿Quién era Robert Walton? Ese nombre no estaba en mi cabeza. Espera conocer de golpe, ya, a Víctor Frankenstein y a su monstruo. Eso me perdió un poco, lo reconozco (ay, cabeza llena de símbolos del cine y la televisión). Pronto, Walton me llevó a Víctor Frankenstein, un hombre desesperado y lúcido, con una vida arrasada y una extraña historia en la boca. Esa que yo quería conocer. Entonces Mary Shelley nos cuenta cómo se ha desmoronado una vida plena. De esas llenas de lazos y promesas cuando se ven desde la juventud y son pasto quemado cuando la miramos desde la atalaya del fin de los días. Una vida arrasada, aniquilada, por un estúpido deseo: ser Dios.

Porque ese Víctor Frankenstein, a pesar de ser guapo, de su buena presencia, es un egoísta con el que no empatizas. Todo tu cariño se va a esa criatura abominable, feísima, de aspecto terrible (aunque en tu cabeza no seas capaz imaginarte otra cara que la de Boris Karloff, y no es tan terrible, ni tan feo, ni tan abominable) que ha dejado tirada, sola, atrás. Y es que el grito de soledad de ese monstruo que no tiene nombre, que llamamos Frankenstein porque así nos lo dijo el cine, es tan profundo que nos encoge las vísceras. Sientes una identificación total. Y a mí al menos me gustó escuchar el latido de Mary Shelley en la voz, los pensamientos de ese Frankenstein, que no es más que el resultado de la mezquindad del hombre. Porque no sabes su nombre. No tiene. Pero la empatía con su sufrimiento es absoluta. Esa soledad impuesta sólo por su aspecto nauseabundo (¿cuántas veces, cuántas, no hacemos todos lo mismo? Nuestro faro es el físico, no lo que hay dentro, eso que repudiamos como basura cuando en realidad es el tesoro de la vida. Si para nosotros es horrible mirarle, nos hace huir, imagínate lo que sentirá él. Y huir de uno mismo no se puede. Terrible). Me encanta esa crítica de Mary Shelley a ese código de apariencia aún vigente. Sólo lo bello y bonito. Lo sano. Bajo la alfombra todo lo demás, que molesta.

Sólo por eso, por ese espejo en el que nos enfrenta esta novela (quizá sea juvenil, pero a mí me ha parecido cargada de un tremendo peso existencialista en ciertas partes, sobre todo cuando habla el monstruo) merece la pena leerla. Porque es un clásico que sobrevivió a aquellas noches de un verano de lluvia y a la casa del lago de Ginebra para otorgarle la inmortalidad a Mary Shelley y a su criatura sin nombre, esa que todos conocemos por Frankenstein doscientos años después.

6 pensamientos en “Frankenstein

  1. A mi me ha pasado lo mismo, varias veces en la mano, y como ya me se la historia…. pues nunca me ha enganchado, a la lista de pendientes por leer.

  2. “El mejor poema sería el que diera vida a la materia…”

    La frase no es mía, pero ilustra a la perfección lo que ha sido siempre esta novela para mí.

    Cuando no tenía muchos años, me quedé alucinada con una película. Había paisajes de hielo, hombres desgraciados y trágicos, mujeres fuertes pero melancólicas con vestidos blancos y tormentas en un lago. La crítica de cine puede decir lo que quiera, pero, en ese momento y en todos los visionados posteriores de Remando al Viento, siempre la vi como una triste historia contada a través de los ojos de un monstruo que no era tan monstruo, sino que enfrentaba a los que le rodeaban con su propio reflejo oscuro. La criatura sin nombre a la que dio vida un poema.

    Así llegué al monstruo. Al moderno Prometeo, la criatura sin nombre. Las páginas del libro fueron devoradas con la misma avidez de niña, y ambas, libro y película, me impidieron disfrutar de Boris Karloff, Bela Lugosi o Robert DeNiro como merecían ser visionados. Nunca fui capaz de separar lo que yo imaginaba que era de lo que otros trataban de enseñarme que era. No en este caso.

    Es una de las novelas más infravaloradas que conozco, quizá porque casi todo el mundo cree que conoce su trama… y cómo se equivocan. Nadie que no haya leído Frankenstein conoce su historia, porque no se ha sabido contar. Porque no es infantil ni ligera, como otros muchos creen.

    Porque los monstruos son otros, no Prometeo. Nunca Prometeo. Y, al final, su respiración es nuestra respiración.

  3. Jorge, lee a Miss. Ella lo define perfecto. No lo leemos porque lo sabemos. Nos creemos que no tiene nada que aportar. Destila un aire antiguo, como las maravillosas novelas de Jane Austen, pero merece la pena adentrarte en sus páginas sólo por poder entrar en la cabeza Frankenstein. Su voz es terrible, poderosa. Merece mucho la pena. Miss, por cierto, entre más te leo más me gustas. No te quiero contar más porque estoy escribiendo sobre ti. Quería terminar 2013 contigo pero no me dio tiempo tras un diciembre horrible. Estoy ahí. Y sólo te voy a decir una cosa: te admiro. Tus comentarios siempre certeros, tu estilo cuidado y directo, tu cultura y tu inmenso amor a los libros 🙂

  4. Pingback: El amor de mi vida | la Kriticona

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