La trama nupcial

La trama nupcial

“Mi meta en la vida es llegar a ser un adjetivo -dijo-. Que la gente vaya por ahí diciendo: “Esto era tan bankheadiano” o “Un poco demasiado bankheadiano para mi gusto”.

Desde ahora, Jeffrey Eugenides será Don, Don Jeffrey Eugenides. ¡Qué buena novela La trama nupcial! Cómo te va atrapando en ese trío discontinuo que forman Madeleine, Mitchell y Leonard, tres personajes que transmiten una fuerza brutal. Si en Middlesex, Eugenides me sorprendió, confirmo con esta novela mis buenas sensaciones. Cuando cierras un libro, a no ser que sea una auténtica basura, casi siempre te gusta. Y te gusta porque acabas de cerrar una historia, de ponerle el último punto a un círculo, a las vidas de unos personajes que, más o menos, has sentido dentro de ti y, al fin, sabes qué les pasa. Clic, carpetazo, asunto cerrado. Crees en el destino y en las casualidades, sonríes como una boba y ya está, a otra historia, a otro comienzo. Es entonces cuando el espejismo comienza a desvanecerse.

Sí, el espejismo. Porque para saber si un libro te ha gustado de verdad debes darle tiempo, que repose, que lo que pese se vaya al fondo y permanezca, porque de ahí será imposible despegarlo, porque un buen libro jamás lo olvidas, algo siempre queda, y ese siempre es para siempre. Si cierro los ojos, yo, de todos los libros de este 2013 cuatro personajes se me vienen a la mente al momento: la hipnótica Lucile (Nada se opone a la noche), Andrea de Nada, Marcos de Intento de escapada y Cal, sobre todo Cal, de Middlesex. Es curioso como ese personaje de Jeffrey Eugenides ha germinado en mí. Me gustó mucho la novela. Pero nada más acabarla tampoco me entusiasmo y, sin embargo, ahí está Cal, presente en muchos de mis pensamientos del día a día. Ahora sé, tres o cuatro meses después de leerla, que quizá Middlesex me impactó más de lo que, en principio, creía. Pienso en él, en Cal, en ella, Calliope, y aplaudo a Jeffrey por conseguir meterme en su cuerpo de una manera tan real, solamente utilizando las palabras. Recuerdo a esa niña inocente y en todas las señales que debieron haber alertado de que algo raro pasaba con el hirsuto vello de su bigote, con su pecho plano, con el cambio de su voz, con su aspecto desgarbado, con su belleza andrógina. Eso que deberían haberlo visto lo demás y nadie vio. Eugenides consigue meterte dentro de Cal. Sientes su miedo atroz a los espejos y a los vestuarios compartidos, su atracción latente hacia su vecina, hacia otras chicas, sus dudas, sus inseguridades, sientes que algo raro tienes dentro, algo a lo que no sabes ponerle nombre pero ahí está. Jamás había leído algo sobre un hermafrodita y, de hecho, llegué a pensar que Middlesex era la autobiografía del propio Jeffrey. Tan descarnadas, certeras y reales eran las sensaciones de Cal que no podía ser de otra manera. Pensé que Middlesex era una autobiografía camuflada. Eso tenía que haberlo vivido él, sino, era imposible contarlo desde tan adentro.

¿Y por qué os cuento ahora esto? Porque Jeffrey consigue eso. Meterte bajo la piel de sus personajes. Con La trama nupcial pasa lo mismo, pero en vez de una piel, llevas otras tres encima. La de Madeleine, Mitchell y Leonard. Jeffrey cuenta el paso de la adolescencia a la madurez en quinientas páginas y un particular homenaje a lo que se conoce como trama nupcial, las novelas de amor victorianas, con una aproximación moderna a la novelística romántica y decimonónica, esa novela que hoy Jane Austen escribiría. Ahora el escenario es el campus universitario. Todo comienza el día de la graduación de los tres protagonistas. Vemos a Madeleine resacosa, recién levantada, con una mancha extraña en el vestido prestado, la culpa en los hombros y el corazón encharcado de mal de amores. Se encuentra con Mitchell, que fue su amigo en otra vida. Jeffrey plantea primeros los interrogantes. ¿Qué le pasó a Madeleine anoche? ¿Qué pasó con Mitchell? Después, lo desarrolla. Así te va metiendo en su red hasta que llega un punto, para mí fue la página 300, en el que ya no puedes parar de leer hasta que terminas.

Madeleine es responsable e idealista, lectora de esas novelas de Austen y Eliot ordenadas escrupulosamente en su librería. Leonard representa la inteligencia suprema, un ser sensible que vive en el alambre, tan atrayente e inasible como el fulgor de una piedra preciosa bañada por el sol de la tarde (Toda la parte de Leonard me pareció, simplemente, fas-ci-nan-te, increíble, una vez más la capacidad inaudita de Eugenides de ser capaz de contar con la precisión de un cirujano algo tan complicado y escabroso como una enfermedad mental como la bipolaridad). Mitchell es el misticismo puro, un teólogo que descubre la crudeza de la vida en un viaje por medio mundo, de París a la India con escala en Grecia. Las tres aristas de un triángulo marcado por la intensidad de los sentimientos de ella hacia uno de los chicos y de los dos chicos hacia ella.

Quizá lo que más me ha gustado de la novela es la propuesta de Eugenides. Primero te cuenta que algo ha pasado, sus consecuencias, lo que le duele a los protagonistas, pero no sabes cómo se hicieron esa herida. Después, salta en el tiempo hacia atrás para contártelo. La misma historia, además, la ves desde todos los ángulos. Así la vivió ella. Y piensas: “Menudo cabrón éste”. Luego, cambia de perspectiva. Ahora te la cuenta él. Y, entonces, entiendes, le entiendes. Eso me ha parecido maravilloso. Es como la misma vida. Sólo cuando escuchas las dos versiones de una misma historia te acercas a lo que realmente ocurrió de verdad. Eso sí, aunque La trama nupcial me ha gustado mucho, es una gran novela, le falta algo para emocionarme como lo hizo Middlesex. Algo, como quizá, ese personaje inolvidable llamado Calliope o, simplemente, Cal.

2 pensamientos en “La trama nupcial

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