Así es como la pierdes

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“Le preguntas a todo el mundo: ¿Cuánto tiempo toma recuperarse? Hay muchas fórmulas. Un año por cada año que estuvieron juntos, dos años por cada año que estuvieron juntos. Es cuestión de voluntad: el día que lo decidas, se te pasa. Nunca se te pasa”.

Qué gusto da cuando un libro te atrapa desde la primera letra hasta la última página. Qué delicia, de verdad. Eso me pasó con Así es como la pierdes. ¡Qué gran descubrimiento Junot Díaz! Llegó a mis manos, una vez más, por el consejo del librero de ojos verdes (cada día tengo más claro que ese chico es un genio) de La Central. Jamás había oído hablar de Junot Díaz. Ni mencionarlo. Y eso que en 2008 fue Premio Pulitzer por La maravillosa vida breve de Óscar Wao. Pero nada. Ni libro ni autor me sonaban. Ahora le buscaré en cada uno de mis viajes a Callao. Cuando abrí Así es como la pierdes eran las dos de la madrugada de un día muy largo. Estaba muy cansada, agotada. Pensaba leer dos páginas, empezarlo, y dormir, descansar, desconectar. A las tres y media, después de ciento veinte, tuve que obligarme a apagar la luz. Junot Díaz me había atrapado y fui consciente de una cosa: o apagaba o lo terminaba. Sin grises. Estaba más por leérmelo del tirón. Ya dejaría lo de dormir para mañana. Pero mañana también iba a ser un día demasiado largo, así que apagué. Con todo el dolor de mi corazón, dejé el libro sobre la mesilla y apagué.

Eso sí, acabé Así es como la pierdes al día siguiente. Me encanta cómo escribe Junot Díaz. Dominicano residente en Estados Unidos, la mezcla de sus dos países está en sus letras. Descriptivo, socarrón, provocador, estilo directo y frases cortas para retratar la vida urbana de un latino un poco pendejo y demasiado visceral, de sangre caliente, vamos, en un sentido y otro. Pendejada. Flow. Fokin. Hanguear. Chocha. En sus letras son constantes los términos latinos. Pero no molestan. No enturbian la lectura. En seguida se incorporan a tu vocabulario. Junot atrapa en su tela de araña literaria y en esa América de suburbios y sueños rotos, en ese mar inmenso y el vaivén de un culo rotundo que pierde a todos los hombres de este libro. Así es como la pierdes es un universo de sensaciones, que huele a arena y alquitrán, que rezuma sábanas revueltas y piel tersa y deja un poso de melancolía como cuando despides a alguien que sabes que nunca más volverás a ver, aunque en ese momento te digas que sí, que por supuesto, que habrá llamadas, cartas y mensajes, pero en el fondo de tu corazón sepas que jamás cumplirás esa promesa. Esa sensación. Sí, esa misma, exacta, es la que a mí me ha provocado la lectura de este libro. Parece alegre, pero te deja triste, de los que remueven, y eso me gusta.

La novela en realidad son diez cuentos y cuatro personajes que se repiten: Yunior, su madre, su hermano Rafa y el fantasma de un padre que se fue de casa detrás de otra. Todo gira entorno al amor y el ardor, las relaciones, las mujeres y Yunior, un personaje que no vive, se bebe la vida, y eso te lo transmite, te lo contagia. Junot nos cuenta su vida en unos relatos que saltan del pasado al presente, a priori, sin ningún orden y que luego van encajando en la cabeza del lector como en un puzzle. Asistimos al abandono de Magda, esa novia que duele y aturde, que a los veinte años te crees que será para toda la vida después de que te pille con otra y ese amor se rompa, a la llegada a Estados Unidos, que era un barrio nevado al otro lado de la ventana, siempre al otro lado. Al principio Junot parece un personaje frívolo sin más quehacer que follar o pensar en follar, pero a medida que pasan las páginas ves todos los pliegues, todas sus aristas, y te da una pena tremenda. Yunior al final se ha convertido en un calco de su padre, ese padre que les abandonó y del que nunca más se supo. Ese niño tierno y dulce acabó convertido en un tipo con alma de viejo a los cuarenta años, amargado y perdido por las mujeres. Porque eso, las mujeres, son el sino de los Díaz.

En el centro, hay un cuento que nada parece tener que ver con los demás. En él, las protagonistas son dos mujeres. La que recién llega. La que está harta de limpiar sábanas sucias. El contraste entre una y otra, las sensaciones agridulces que deja esta historia, es ese poso del que hablaba y que parece expandirse a toda la novela. Ese cuento que parece no tener nada que ver con todo lo demás en realidad supone el eje sobre el que encajar todo lo demás. Todo está ahí. Los sueños de prosperas que se dan de bruces contra una realidad de cuchitril compartido, varices en las piernas y paredes sucias. Pero también la amistad entre dos mujeres y el dolor por esos amores con dos vidas. La tuya y la de la otra. Me gustó mucho, muchísimo ese relato, me quedé con ganas de saber más de esas mujeres, quise pensar que alguna de ellas era en realidad la madre de Yunior, que así era antes de todo lo demás. Porque Junot es lo que hace, te muestra los personajes desde todas sus edades y todos sus puntos de vista, para que entiendas porque actúan así… Y entiendes. Me gusta ese caleidoscopio de miradas, de sensaciones. Asistes a la vida completa de alguien. Cada capítulo, un giro, una edad, una sensación y algo que se repite: la esencia de una persona, igual con diez que con cincuenta.

La trama también gira en torno a su hermano Rafa y a su madre, su pequeño espejismo dominicano con los bordes deshilachados, espejismo al fin y al cabo.  Y no sé cuál de ellos me gustó más. Quizá Rafa, por todo lo que ocurre a su alrededor (y no voy a contar porque merece la pena leerlo). Sólo os diré que Así es como la pierdes es uno de los mejores libros que me he leído en 2013. Y que cuando algo es tan sumamente bueno, la mejor crítica que existe son tres palabras: tienes que leértelo.

6 pensamientos en “Así es como la pierdes

  1. Ay…! yo tengo La maravillosa vida breve de Óscar Wao en mi lista desde el 2008 y aquí…, sin leerlo. Me has entusiasmado, a ver si encuentro el momento. Saludos

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