Middlesex

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“Se despidió de todo: del polvoriento olor a podrido y de las moreras que flaqueaban la pared, de los escalones que ya no volvería a subir y también de aquella sensación de vivir por encima del mundo”

Middlesex. Una vez más, lo que me atrajo fue el título. Y el Premio Pulizter. Después de La Carretera me compró los Pulizter por si encuentro otra joya descomunal e inolvidable. La sinopsis, reconozco, no me atraía demasiado, nada. Eso de la historia de la humanidad y la historia reciente estadounidense mezclado con un lío de sexos, así, en principio, me parecía un poco rollo. Novedades y otras novelas por leer la fueron bajando en la columna de libros pendientes que hace malabarismos al lado de mi radiador. Pero hace dos semanas, cuando leí El año en que me enamoré de todas, un personaje recomendaba al protagonista su lectura. Le decía aquello de: “¿No lo has leído? ¡No me puedo creer que no hayas leído Middlesex!”. Y claro, yo miré hacia el radiador y dije: “Ha llegado tu turno”. Adelantó al resto por la derecha y sin carné.

Reconozco que tardé mucho en meterme. La historia es interesante desde el principio, pero me recordaba mucho a las sagas familiares de Cien años de soledad (uno de mis libros favoritos) y La casa de los espíritus (que al final me gustó, pero me llevó mucho más de Cien años conseguir meterme dentro de la trama). Después de las ardillitas que aún repiten siento pereza ante un libro que pesa y que se enreda por los años de los años. No me apetecía mucho. Seguí con cierto desinterés la destrucción de Esmirna, la huída de Desdémona y Lefty, el viaje de ese gen mutante que muchos años después cambiaría a Callie por Cal.

Pero pasadas ciento viente páginas ya estaba como siempre. Mordiéndome las uñas y esperando que el Metro tardara más de diez minutos para poder leer sin que me molesten el reloj ni el móvil, para que sólo estemos ahí la música de mi iPod, mi libro y yo. Tenía a Cal dentro. Lo sentía. Su lucha interna era mi lucha interna. Cuando va creciendo, cuando se convierte en una adolescente atípica, que no le baja la regla y no le creen los pechos, cuando su naturaleza se impone a su cuerpo de niña… Me pareció simplemente fascinante. Cómo Jeffrey Eugenides retrata cómo se siente una niña que siempre fue niño, cómo lo descubre, cómo lo encara. De verdad, consigue meterte dentro, que lo sientas, que lo vivas como si fuera dentro de ti mismo donde explotara esa atípica adolescencia llena de miedos, dudas y preguntas. Está escrito con mucha ternura. Muy real y descarnado.

Middlesex no me marcará como La Carretera. Lo sé. Seguramente no lo volveré a leer pero siempre lo recordaré como el primer libro que me hizo estar dentro de un cuerpo de una niña que es un niño, de un hombre que nunca dejará de ser mujer.

3 pensamientos en “Middlesex

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